El vaciamiento ideológico de los partidos políticos

Por: Miguel Ángel Montaner

Nuestra democracia es un régimen de partidos políticos, se basa en la acción de estas agrupaciones. Sin embargo, los partidos han sido desvirtuados en su esencia, porque el potencial de «poder» de los partidos, que antes se basaba en la fuerza de las ideas que representaban, ahora en razón de la «lógica» meramente «cuantitativa» de un mercado electoral; puede ser adquirido por otros medios no legítimos; puede ser comprado.

Una de las formas es con dinero, generalmente al contado y en efectivo, como cuando alguien coopta y cubre a su manera, para su lucimiento y provecho, los vacíos de recursos y liderazgos de alguna organización. Otra forma, más “institucional» pero también viciosa, está basada en la realidad de que el partido es una organización orientada hacia una «clientela», gente que se somete a otra a cambio de amparo y protección, o de algún otro beneficio; especialmente en épocas electorales, en las que el número de votos que el partido puede alcanzar se constituye en una manera más indirecta y elegante de comprar el poder.

Por esta razón, los partidos son organizaciones siempre ansiosas de nuevos miembros. Tienen tendencia hacia la masificación, y caen en la tentación megalómana de los mega partidos. Es común el permanentemente pago a operadores según la cantidad de «afiliaciones» conseguidas, día a día, con tal de crecer más y más.

Nuestros dos partidos políticos tradicionales más importantes nacieron como una comunión de dirigentes empeñados en una obra política coherente, pero en la medida en que sus organizaciones fueron aumentando de tamaño, la lucha por los grandes principios se hizo cada vez más difícil.

Por razones electorales, la incorporación del mayor número de miembros se convirtió en objetivo principal, y para cumplir este objetivo tuvieron que dejar de lado o «rebajar» la calidad de sus propuestas, a fin de «llegar» a más gente sin el obstáculo de las exigencias ideológicas.

Por falta de ideales, nuestra democracia se está convirtiendo en el escenario de un estéril activismo político, atrapado sin salida, que sólo podrá encaminarse positivamente –algún día– cuando de nuevo los partidos políticos asuman su misión de conectar democráticamente a la sociedad civil y el estado.