El vacío que no detectan nuestros gobiernos

Por: Leandro Prieto

La acción política es definida por la enciclopedia virtual eumed.net como: “el conjunto de actos dotados de sentido y significación política, o sea relacionado con la conquista y ejercicio del poder, para la construcción de un orden social deseable según la idea de quienes lo realizan». Normalmente procura acrecentar las condiciones de seguridad y libertad para el disfrute de los calores sustantivos de la vida social (poder, respeto, rectitud, riqueza, salud, educación, habilidades, afecto) para el actor, su grupo o la sociedad en su conjunto.

Para Zygmunt Bauman la política es «la habilidad para decidir qué cosas debemos hacer, y por ende las acciones de esas decisiones tienen significación política; y el poder, según el mismo pensador: “es la habilidad para hacer cosas”.

Manuel Castells, sociólogo e investigador de la comunicación, autor de varias obras entre ellas la de sugestivo título: Comunicación y poder, decía en una entrevista realizada por Magazine Digital de la Vanguardia en ocasión de la publicación de tal obra que el poder: “es la capacidad de algunas personas, organizaciones o instituciones de hacer que otros actúen de forma que favorezca los intereses y los valores de los que tienen el poder” y también definió a la comunicación diciendo que es “compartir significado a través del intercambio de información”.

Castells sostiene que en la comunicación es donde se construye el poder, lo cual está ligado a la política y por ende al Estado, el cual según Bauman es representativo del modernismo sólido y que según el primero de los citados ha perdido mucho poder, pero sin embargo sigue teniendo un papel importante en la construcción del poder y que lo garantiza, conformando una última instancia para ese efecto.

Una idea insoslayable es la de aplicar la comunicación como herramienta fundamental de la acción política en sus tres estadios: de conquista; construcción; y consolidación. Estas dos últimas son las etapas donde, una vez conquistado el poder, se relaja la comunicación como sostén y propulsor de la actividad política, error en el que caen sucesivos gobiernos en este país.

La comunicación referida es también la de compartir significado a través del intercambio de información, no para construir poder sino para ejercerlo. Es por eso que el Estado debe participar en ese complejo proceso de redes, metaredes, programas, metaprogramas, conexiones, enlaces e interacciones a las que se refiere Castells, democráticamente en igualdad de condiciones por supuesto, con el fin de ejecutar el rol, de lo que Natalicio González definía como el estado servidor del hombre libre, conformándose en un organismo presente, interpretando los rasgos y características de la cultura contemporánea para adecuarse a ella e interactuar con esos individuos por medio del proceso comunicativo reconociendo la inmediatez y dinamismo que los identifica para así estar, si es posible, a un solo clic de distancia.

De esta forma el Estado podría avanzar en ese terreno que retrocedió o cedió, acercándose a la materia prima de la democracia cual es el ciudadano. Una comunicación tanto informativa como interactiva, que se retroalimenta, brindando la oportunidad a las personas de estar participando en el proceso histórico de su presente y futuro para así proponerles su reintegración a la comunidad, a la acción colectiva.

Aristóteles creía que los sentimientos colectivos de la demos podían contribuir, con una especie de sentido co­mún, a los asuntos políticos. Claro que en aquel entonces el ágora era un evento concentrado al que todo ciudadano estaba deseoso u obligado a asistir. Hoy los asuntos públicos, la política, y la democracia se han vuelto muy complejas exigiendo más de lo que pueden a los ciudadanos en cuanto a la atención de estos temas. Las instituciones tradicionales (municipios, gobernaciones, parlamento, partidos políticos, etc.) y sus canales convencionales (votación, derecho a petitorio, referéndum, entre otros) ya no aportan a una conexión o intercambio de información y significados entre el Estado y la ciudadanía. Es por eso que cada vez menos gente se interesa en estas cuestiones.

Por ello el estado debe sacudirse, salir de su marasmo e ir en busca de la gente, o mejor dicho, estar al lado de la gente, lo más próximo posible. Esto en sentido material o físico sería casi imposible, pero utilizando las nuevas tecnologías como las TIC e internet, en combinación con las más convencionales como la radio y la televisión que siguen teniendo  impacto en la sociedad, no para enfocar solamente a la vieja usanza la comunicación, al decir de Vincent Price: “la comunicación es, simplemente, una herramienta tanto para la persuasión como para la recogida de información, potencialmente útil tanto para controlar las opiniones como para solicitarlas” (La opinión pública. Esfera pública y comunicación Barcelona, Paidós, 2001. Página 50). Se puede ir más allá. Si consideramos que la comunicación es el ámbito donde se construye el poder y el poder es la habilidad de hacer las cosas, se podría utilizar el proceso comunicativo para generar bienestar, confianza, sentido de pertenencia, combatir la incertidumbre hasta inclusive para generar seguridad física, no solo síquica.

Reforzando la idea inmediata anterior Walter Lippmann decía: “la inserción de un pseudoambiente entre el hom­bre y su ambiente real. El comportamiento del hombre responde a ese pseudoambiente, pero, como es comportamiento efectivo, las consecuencias, si son actos, obran no en el pseudoambiente donde el comportamiento encuentra su estímulo, sino en el verdadero ambiente donde se desarrolla la acción”. (La opinión pública. Buenos Aires, Compañía General Fabril Editora, 1964. Página 5)

En la página 541 del libro Comunicación y Poder de Castells dice, refiriéndose a los dueños de las redes empresariales multimedia: “Así, consiguen sus intereses diseñando el contenido de nuestra cultura en consonancia con sus estrategias empresariales”. Personalmente considero que ese diseño de contenido que se menciona también debe estar adaptado a la cultura del momento, del estrato social al que se apunta. No obstante, con estas consideraciones no es difícil aseverar que el Estado puede convertirse al Estado comunicativo, interactivo con todas las herramientas existentes.

No es la idea imponer valores o cultura determinada, sino que se pretende interactuar entre y con ellas. Tampoco la propuesta es la de la orquestación en el sentido de utilizar todos los medios para ambientar y crear una realidad.

Al referirnos al Estado más que a cualquier otra institución de la actividad política, se pretende incluir a todos los actores políticos y como ya decíamos, en especial a los colectivos como los partidos políticos, por ejemplo. Abarcar toda la actividad política.

Si se lograse institucionalizar la comunicación tal como la describimos, como elemento esencial para la vida democrática, podría constituirse en ese paliativo o quizás en conductor a la solución del problema de la brecha entre el poder y política.

En el estadio de la conquista del poder, de campaña electoral, el Marketing Político y la Comunicación Política han logrado convencer a los actores políticos de su importancia, pero el problema es una vez en el poder. Es ahí donde debe también institucionalizarse la comunicación, pero no la informativa unilateral, sino la interactiva.

“La democracia necesita una nueva forma de hablar”.